La
lluvia repiqueteaba en mi ventana, acompañada por el crepitar de la
chimenea. Miré mi taza de té verde, contemplando el fuego consumir
con ansia voraz lo que antes fue vida, lo que antes era un árbol del
bosque de atrás. Escuché un crujido en mi antiguo suelo de madera,
y como era eso, un antiguo suelo de madera, no me digné a mirar
hacia atrás. De repente, en un brusco movimiento se abrió la puerta
dejando entrar a una alta y voluminosa figura negra. Mi taza de té
se deslizó de mis manos, cayendo al suelo a una velocidad más lenta
de la esperada. La llama ardía más lentamente, y el reloj de pared
se había parado. A continuación, comprendí quién era esa figura y
qué venía a buscar. Había llegado mi hora.
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